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viernes, 24 de octubre de 2008

Brasil ¡oh, la, la! (quinta parte)

CAPITULO QUINTO
(ir al cuarto capítulo)


No ha nacido chulo que se vaya de rositas después de haber restregado sus genitales por la cara de un policía español, y menos aún si este policía es un teniente y se llama Vicente.
Mi mano agarró con fuerza los testículos del hombre que había empujado mi cabeza contra ellos. Un gruñido sordo de dolor y un encogimiento fueron sus únicas reacciones, luego se quedó inmóvil y a mi merced.
Se los hubiese estrujado hasta que se los viese salir por la boca, y en ello estaba hasta que un hombre armado salió del cuarto de baño, otro de bajo la cama y un tercero de dentro del armario. Los tres me apuntaron con sus pistolas sonando al unísono el chasquido de sus cargadores.
Pasaron unos pocos minutos desde de que yo le soltase sus partes hasta que el hombre se recompuso. Le bastó con hacer un simple gesto para que los demás dejasen de apuntarme y guardasen las armas.
Con la respiración aún entrecortada por el dolor, el hombre se identificó como el sujeto al que yo debía dar caza, el tal “Martínez”, al mismo tiempo me dijo que mi misión había sido un fracaso y que ese era el último día de mi vida, amenaza ésta que no surte efecto intimidatorio en un policía. Sin embargo que acabase diciendo que yo era muy bueno en la cama hizo que se me subiesen los colores.
Tras esto ordenó a sus hombres que me arrojasen al mar para convertirme en pasto para tiburones.
Sin más vestimenta que mis calzoncillos, salimos de la habitación los cuatro. Uno de ellos caminaba delante y yo tras él, flanqueado por los otros dos quienes me sujetaban uno por cada brazo.
Recorrimos el pasillo, bajamos en el ascensor y atravesamos el garaje. Cuando se disponían a introducirme a la fuerza en el maletero de un coche, sentí como uno de ellos caía desplomado al suelo, al mismo tiempo que se escuchó el chasquido de un cargador y una voz que me resultó muy familiar:
-suelten a ese hombrrre- Era mi colega ruso.
-Smirnof, hijo de putin, cuanto me alegro de volver a verte-.
Obedecieron y me liberaron, tras lo cual los desarmé y con la ayuda del ruso los atamos y amordazamos, introduciéndolos a los tres en el maletero del coche.
-ahorrra vamos por Marrrtinez, Vicente- ordenó mi colega.
Camino de la habitación en la que estaba “Martínez”, y esperando que el ruso me refrescase un poco la memoria, saqué la conversación de la noche anterior como quien no quiere la cosa.
-ufff, vaya nochecita, no recuerdo nada de lo que ocurrió-.
-jejeje- sonrió el ruso con una pizca de malicia, luego continuó:
-me quedo sorrrprrrendido con la prrrofesionalidad de los policías españoles. Ayerrr noche, en cuanto indentificaste al sospechoso, te has ido descarrradamente a porrr él… y ya veo que no has tenido ningún impedimento en llegarrr hasta el catrrre con tal de echarle el guante, jajajaja-.
Dicho esto le hice un gesto para que no siguiese hablando. Lo que había sucedido no había sido más que una actuación policial que debería quedar en el olvido o en secreto del sumario.
Detuvimos a “Martínez”, al que también atamos y amordazamos, y tras ponerme algo de ropa los tres volvimos a hacer el mismo recorrido que unos minutos antes había hecho yo con mis captores.
Lo introducimos en el mismo coche en el que los matones iban en el maletero y nos dirigimos hacia el puerto de Río, donde mi colega me facilitó un medio seguro para abandonar Brasil llevando conmigo al delincuente.

Continuará... (ánimo que ya queda poco)

jueves, 23 de octubre de 2008

Brasil ¡oh, la, la! (cuarta parte)

CAPITULO CUARTO
(Ir a capítulo tercero)

Amparo sacaba la perra a la calle para que hiciese pis, pero la muy maleducada en lugar de pipí hizo caca en medio de la acera.
La dueña miró a un lado y al otro y tras asegurarse que nadie la había visto, siguió su paseo como si nada tuviese que ver con aquella mierda plantada en plena acera.
Mientras paseaba a la perra por los aledaños del barrio, su pensamiento estaba a muchos kilómetros de allí, más exactamente en Brasil, donde su marido cumplía una arriesgada misión que seguramente y por ser tan valiente y buen policía como él era, pondría en peligro su integridad física.
Aunque pensaba Amparo que ella no era tan afortunada como para que le cayese esa breva y poder vivir del seguro… ¿o sí?...

Mientras tanto, a muchos kilómetros de allí…

Un terrible e irresistible dolor de cabeza me despertó del sueño. Abrí ligeramente los ojos y vi todo muy oscuro, o más bien lo vi todo negro, o mejor aún, no veía nada. Supuse que seguía conservando perfectamente mi sentido de la vista y que si al abrir los ojos no veía era porque tenía la cabeza debajo de la almohada, pero era tan brutal la resaca que ni siquiera me moví para sacarla, pues cuando quise hacerlo creí que ésta me explotaba con el menor movimiento, así que pensé que mejor me quedaba quieto.
El brazo de amada Amparo me rodeaba por la cintura, eso me dio tranquilidad y decidí seguir durmiendo.
(…/…)
No sé cuanto tiempo pasó hasta que me desperté de nuevo. Seguía con dolor de cabeza y con el brazo de Amparo rodeando mi cuerpo.
Con los ojos cerrados y haciendo un gran esfuerzo pese a moverme muy lentamente, me dí media vuelta en la cama y me puse frente por frente a mi amada, a la que sin mirar dejé un beso depositado en sus labios, sintiendo al hacerlo las cosquillas que su poblado mostacho hicieron en mi nariz…
¡MOSTACHOOO!... ¿he dicho mostacho?...¡Amparo!...
¡ME CAGO EN LA PUTA!... ¿quién coño es este cabrón bigotudo que comparte lecho conmigo y tiene la osadía de abrazarme y posar su mano en mi desnudo culo?. ¡Ay Dios!... que mosqueo…
Unos sudores fríos se apoderaron de mi cuerpo ¿todavía incorrupto?... y me eché la mano al ojete intentando confirmar lo que empezaba a sospechar.
Y simplemente al tacto ya noté algo extraño, flojo y al mismo tiempo dolorido. Se confirmó mi sospecha, me habían dado por el ano.
Y recé:
-¡Dios mío!, ¡Dios mío!... si me han penetrado de nuevo, espero que haya vuelto a ser con un dedo-.
Como buen policía que soy, sé que para descartar una sospecha lo mejor es recabar pruebas, así que calculando bien mis movimientos para evitar que estos despertasen al bigotudo con el que compartía lecho, acerqué mi nariz hasta sus dedos para tratar de olerlos, y mi olfato de sabueso dedujo que el olor que desprendían era una mezcla entre jabón, caipirinha y ¡vaselina!.
-¡Ay Dios!, que sudores…-
Metí la cabeza bajo las ropas de la cama y tiré de nuevo de olfato intentando percibir algún olor que desprendiese su miembro y… me estremecí de terror al ver que lo tenía tieso.
-¿quieres más vicioso?- me despertó la ronca voz del bigotes al mismo tiempo que su mano me agarró por la nuca y me empujó contra su estirado miembro, el cual restregó por toda mi cara y menos mal que tenía la boca cerrada, detalle éste que evitó que fuese a mayores la cosa.

Continuará…

sábado, 18 de octubre de 2008

Brasil, ¡oh, la, la! (inciso). Carta del Teniente Vicente a su esposa.

Querida Amparo:


Dado a mi improvisado y relámpago viaje a este bello lugar de América de Abajo y del que no te puede informar más que a través de una pequeña nota, te escribo ahora estas dos líneas para que sepas que he llegado con bien y que ya estoy instalado.
De momento ha sido muy poco lo que he visto, aunque hay varias cosas que me han llamado la atención, siendo la referente al idioma la que más me ha sorprendido, ya que tenía entendido que en Brasil hablaban el brasileño, pero por lo que estoy comprobando aquí todos hablan gallego. Pero un gallego perfecto, no como el “jastrapo” ese que habla el meapilas de tu hermano.
Por lo que al llegar ahí te ruego me recuerdes que pase a firmar el manifiesto a favor del castellano. Hay que parar el avance de los nacionalistas o esto se nos irá de las manos sin que nos demos cuenta de ello.
Otra cosa que me ha llamado la atención es la estatua de Jesucristo que tienen aquí, ¡ufff!, que cosa más grande. No pienses que soy un exagerado si te digo que debe ser cien veces más alta que la que tenemos en la parroquia, aparte de que lo tienen sin crucificar, lo que dice mucho a favor de esta gente quienes a todas luces parecen mucho más inofensivos que los romanos.
También he visto aunque sin bajar del taxi, la famosa playa de Copacabana, con sus olas, sus chiringos y sus garotas. Por cierto que aquí casi todas toman el sol con las tetas al idem, y no te puedo asegurar si con, o sin parte de abajo del bikini, pues aunque parece que alguna tiene algo puesto, sin apartarle las nalgas es muy difícil saber incluso para un detective tan observador como yo, si efectivamente hay algo entre ellas o no es más que un simple adorno el cordoncito que rodea su cintura.
También he hecho un amigo, un colega ruso muy simpático y generoso que sin conocerme de nada me presentó a una amiga que me puso al tanto de algunas costumbres que por aquí se llevan.
Costumbres que por cierto me han dejado muy buen sabor de boca y también el en último tramo del aparato digestivo y que al llegar a casa pienso experimentar contigo, por lo que te sugiero vayas haciéndote la manicura por si me tuvieses que introducir el dedo por cierto sitio.
En el momento de escribir esta carta estoy con este amigo ruso en la recepción del hotel aguardando la llamada del comisario. Nos estamos tomando unas caipirinhas, que es una bebida típica del lugar y que poco tiene que envidiarle a nuestro tinto de verano.
Nada más cariño, sólo decirte que me quedan dos días para arrestar al tal “Martínez”, y que tan pronto como lo haga, tomaré el primer avión que me lleve de vuelta para casa.

Siempre tuyo
Vicentito.

domingo, 12 de octubre de 2008

Brasil, ¡oh, la, la! (tercera parte)

CAPITULO TERCERO
(Ir a capítulo segundo)

Por segunda vez y en muy poco tiempo, una persona desconocida me llevaba a la cama. La Biblia dice que es de buenos cristianos poner la otra mejilla, pero no dice nada bueno acerca de poner el culo, así que me deshice del hombre que me amenazaba pistola en mano de una patada de karate en salva sea la parte.
En cuestión de segundos la situación había cambiado por completo y ahora era yo quien lo encañonaba a él. Cuando se repuso de la patada procedí a interrogarlo.
Se trataba de un agente de policía ruso que al igual que yo intentaba detener a “Martínez”, del cual desconocía el paradero y pretendía averiguarlo a través de mí.
Por la información que tenía y que le había sido filtrada desde nuestro Ministerio del Interior, sabía la hora de mi llegada, así que no tuvo más que esperarme en el aeropuerto y seguirme.
También había enviado a la morena a la que había pagado una cantidad de dinero extra para sacarme información, pero sólo puedo averiguar que yo era policía ya que mi profesionalidad no flaqueó ante el placer, aunque debo reconocer que las piernas sí me flaquearon cuando… en fin.
Tiré un poco más del hilo y me cercioré de que la morena no le hubiese comentado el detalle del dedo en el ano. Muy profesional también ella.
Confié en aquel policía y le devolví el arma, al cabo de un rato de hablar e intercambiar información decidimos bajar hasta el bar del hotel y tomarnos una copa mientras yo esperaba la que me había de llegar del comisario.
Habían transcurrido cerca de 3 horas y 7 caipirinhas por cabeza cuando el recepcionista me trajo un teléfono. Era la llamada del comisario.
-¡ya era hora coño!... ¡hip!… creí ya sahabian olvidado de mí… ¡hip!…-
-Vicente ¿se encuentra bien?...-
-de puuuta madre… ¡hip!-
-le noto algo raro en la voz-
-será el acento coño… hostia, y como… ¡hip!… nomavisssaron que aquí estaban en verano… ¡hip!… joer, que vine con los calcetines de invierno… ¡hip!-.
-déjese de tonterías Vicente y tome nota de esta dirección: Hotel Rio, habitación 520, en Ipanema. Ahí se aloja “Martínez”-.
-ok sheriff… ¡hip!… prepare una cárcel muuuy grrrande… ¡hip!… que le voy llevar ase hijo de puuuta… ¡hip!… atado por los cojonesss-.
-Vicente, ¿está borracho o qué?... ándese con cuidado, la policía rusa anda también detrás de “Martinez” y están dispuestos a llevárselo como sea. Así que recuerde, discreción, mucha discreción-.
-no ssse preocupe sheriff… ¡hip!... seré discreto como las putas en Brasil... ¡hip!… pero le voy a decir una cosa… ¡hip!… los policías rusos son de puuuta madre… ¡hip!…-
Colgué el teléfono, apuré el último trago de caipirinha y avisé a mi compañero provisional:
-Smiiirnoffff, tenemos trabajo… ¡hip!…-.
El ruso comprobó el cargador de su pistola y yo hice lo mismo. Los dos salimos de allí a paso apurado y al pasar por delante del camarero de la barra cada uno le mostró su placa.
-policía española… pásele la cuenta a Rubalcaba—
-policía ruso… pásele la cuenta a Putin-.
Placa en mano paramos el primer coche que pasó y lo abordamos justo antes de que el camarero que había salido corriendo tras nosotros nos echase el guante.
Al principio el conductor se tomó a broma nuestra orden, pero el frío acero de la pistola del ruso tocándole en la sien le hizo cambiar de parecer, por lo que arrancó y nos llevó a toda velocidad hasta donde le habíamos indicado.
Llegamos al hotel en el que se alojaba “Martinez” en muy poco tiempo y nada más bajar del coche una música de samba procedente de las instalaciones contiguas al edificio del hotel llamó nuestra atención.
-kamarrada Vicente ¡hip!... prrimerro vamos de fiesta ¡hip!... y después vamos por Marrtínez ¡hip!...-
-ok Smiiirnoffff… ¡hip!.-
Unas doscientas personas se congregaban alrededor de la piscina del hotel en una fiesta a primera vista muy caliente, ya que la mayoría eran mujeres e iban casi desnudas, como también lo iba la camarera que se acercó hasta nosotros con dos copas en una bandeja.
Y bebimos y bebimos, hasta perder totalmente el control.

Continuará…

lunes, 6 de octubre de 2008

Brasil, ¡oh, la, la! (segunda parte)

CAPITULO SEGUNDO
.
Apenas llevaba cinco minutos en la habitación cuando llamaron a la puerta. Después de tanto tiempo en la brigada de homicidios y durante el que he tenido que ver y examinar los cuerpos de tanta gente asesinada y de las más brutales formas, creí que ya nunca me impresionaría al contemplar un cuerpo, pero el de la morena que llamaba a mi puerta me dejó sin habla. ¡Que buena estaba la condenada!.
Tras saludarme con una sonrisa y un –hola mi amog-, se me acercó, me rodeó con sus brazos y se rindió ante mis encantos… y esto no era cosa del desodorante ya que llevaba tres días sin ducharme.
Abrazada a mí, me hizo retroceder unos pasos hasta que tropecé en la cama, sobre la que caí de espaldas y con la morena encima.
Soy un experto en artes marciales y podría deshacerme del acoso de ella sin el menor esfuerzo, pero en lugar de hacerlo dejé que aparte de rodearme con sus brazos lo hiciese también con sus piernas ya que mi instinto me dijo que aquella mujer quería guerra pero no pelea.
Con una de sus manos comenzó a desabrocharme uno por uno los botones de la gabardina, cuando iba por el tercero le pedí que no siguiese.
-deténgase por favor, soy un hombre casado-.
-non vai a pasag nada porque ti mais eu fagamolo amog… deixate levag que che voy facer unha cousinha que che va gustag muito-.
Insistió tanto que al final me picó la curiosidad y me dejé llevar y… cuando la morena acabó conmigo saqué mi agenda de un bolsillo y con la memoria fresca tomé nota de algo que había aprendido con ella.
“Practicar el 69 con un dedo en el culo”… no sabía yo que mi ano… en fin.
Una vez roto el hielo entre nosotros y al verse ella sin nada en la boca, se desinhibió del todo y se mostró muy conversadora, preocupándose demasiado del por qué de mi presencia en su país.
-Viaje de negocios, muñeca-.
Pero me había visto la pistola y ante su insistencia acabé confesándole que era policía, sin sospechar ni por un instante que esa mujer había sido enviada por alguien para sonsacarme información.
-me volven louca os policias, cas suas pistolas... as suas pogas...- y sentí como su mano agarraba la mía, porque aún siendo de la secreta un policía siempre lleva la porra encima.
Me eché sobre ella y lo que pasó a continuación no merece la pena ser relatado por ser algo totalmente ajeno al caso.
La morena se marchó de la habitación una hora más tarde, dejándome a mí fumando un ducados, desnudo sobre la cama, agotado y sin ninguna gana de levantarme.
Pero si un buen policía no abandona su trabajo por un catarro… menos podría hacerlo por un buen polvo, ¿o sí?...
Dudé, pero al final mi profesionalidad se antepuso, así que tomé una ducha y me dispuse bajar hasta la recepción y esperar la información que el comisario me había dicho que recibiría sobre “Martínez”, al que no pensaba arrestar hasta mi último momento en Brasil.
Cuando abrí la puerta de la habitación para salir me encontré con una pistola encañonándome a pocos centímetros de la frente.
Sin mediar palabra el pistolero comenzó a caminar, lo que me obligó a retroceder hasta que otra vez tropecé y caí sobre la cama.
¡Oh no!, ¡más sexo!...

Continuará... (un día cualquiera)

sábado, 4 de octubre de 2008

Brasil, ¡oh, la, la! (primera parte)

Fue uno de los casos más peligrosos que tuve a lo largo y ancho de mi carrera policial, no sólo por la peligrosidad del delincuente, si no porque tendría que arrestarlo en un territorio extranjero y sin contar con el apoyo de la policía del país.
Se trataba de Claudio Martinez, alias “Martínez”, un sujeto muy peligroso que se dedicaba al tráfico de armas a gran escala y que había viajado a Brasil para cerrar la compra de un sofisticado armamento para un grupo terrorista ruso.
Pese a que “Martinez” era ciudadano español, el asunto que se traía entre manos nada tenía que ver con España, como para que tuviésemos que intervenir en territorio extranjero, pero Garzón echaba de menos una portada y de ahí mi viaje.
El Comisario me puso sobre la mesa un billete de avión de ida y vuelta, una foto del hombre al que tenía que arrestar, una tarjeta de crédito y la de un hotel en la que me habían hecho una reserva con un nombre falso y en el que recibirías más información a mi llegada.
Tenía tres días con sus dos noches para llevar a cabo mi misión, de lo contrario quedaría sin vuelo, sin hotel y sin saldo en la tarjeta, abandonado a mi suerte en… miré los billetes de avión y… Río de Janeiro, ¡oh,la,la!.
No había estado nunca en Brasil, pero la preocupación que desde siempre había tenido por ser una persona con un mínimo de cultura hacían que conociese muchas cosas tanto de ese país como de cualquier otro.
Su historia, sus costumbres, su cultura y su actualidad. Pelé, Maracaná, Ronaldinho, Copacabana y... ¡¡garotas!!. Sabía todo lo que tenía que saber para desenvolverme por Río como un rieño?…como un riero?… como un garoto cualquiera.
-¿Cuándo parto?- pregunté al comisario que mirando su reloj me dijo que en dos horas.
Arranqué una hoja de mi agenda y escribí una nota para mi esposa.
“Cariño, por razones de trabajo estaré unos días en Brasil y a gastos pagos, chínchate. Échale de comer al canario. Un beso. Vicentito”.
Hice una pelotita con la nota y se la di al comisario –déle esto a mi esposa-.
El comisario me acompañó hasta la puerta de su despacho y antes de atravesarla me dio una última recomendación:
-discreción Vicente, discreción-…
Embarqué en el vuelo 54.887. Cuando me indicaron que viajaría en clase turista, no pude más que maldecir por lo bajo al delincuente que había metido mano a los fondos reservados, el culpable de que ahora la partida para gastos fuese mucho más restringida que antes.
¡Ahh!... que tiempos aquellos en los que los policías viajábamos en primera, comíamos en restaurantes de cinco tenedores y consumíamos gratis en los más prestigiosos burdeles.
Al poco de despegar me acomodé bien en el asiento y eché una siesta hasta que nos avisaron para abrocharnos los cinturones que tomábamos tierra en Río… sí, bueno, quizás me pasase un poquito con la siestecita.
Nada más poner el pié en tierra, mi instinto de sabueso se puso en funcionamiento y enseguida adiviné un contratiempo con el que yo no contaba, demasiada calor para andar de gabardina.
Pensé que lo mejor sería instalarme cuanto antes así que paré un taxi le mostré la tarjeta del hotel y nos pusimos en camino.
Pero detrás nuestra otro coche arrancó y se puso en marcha... Alguien me estaba esperando en el aeropuerto.

Continuará… (un día de estos)

lunes, 22 de septiembre de 2008

Duelo en Kansas City

No tenía ningún caso pendiente de resolver, por lo que aquella lluviosa tarde de domingo decidí quedarme en casa para descansar. En un momento cogí el álbum de fotos familiar y me dispuse a mirarlo.
La primera foto es la de mi tatarabuelo, Don Vicent, sheriff de Kansas City, de quien sus proezas fueron conocidas desde el más lejano oeste hasta el más cercano este, desde las praderas de Texas y las montañas de Arizona, hasta los escarpados Cañones del Colorado.
Pero de todas sus hazañas, la más popular es sin duda cuando acabó con las fechorías de Jhonny, al que apodaban “el tuerto” desde que había perdido una oreja en un duelo.
La legendaria historia de cómo mi tatarabuelo había dado caza al malhechor, fue transmitida de padres a hijos de generación en generación en forma de legado familiar, siendo a la postre el principal motivo por el cual nuestra familia esté formada por una saga de valientes e intrépidos agentes de la Ley y el Orden.
Me la habían relatado tantas y tantas veces que me la conocía como si la hubiese vivido yo mismo.
Aquella tarde y viendo la foto de mi antecesor, la recordé de nuevo…….

(Fija tu mirada en el centro de la espiral y deja que te transporte en el tiempo…)


(para dearle mayor realismo al relato, sería muy importante que lo que leas a continuación te lo imagines en blanco y negro).

KANSAS CITY, año 1.842...


Ocurrió una tarde lluviosa de domingo. Un jinete detuvo su caballo a la puerta del saloon, lentamente se apeó dejando al animal atado a la puerta del local. En ese mismo instante y al otro lado de la calle, un hombre que se percató de su llegada montó rápidamente en su caballo gris claro y se alejó de allí al galope tocoto, tocoto, tocoto, tocoto, tocoto, tocoto, tocoto, tocoto, tocoto, tocoto….
Al cabo de unos instantes y por el mismo lugar que este se había alejado, otro jinete se acercó también al galope y sobre su caballo, (sobre el suyo, no sobre el del otro), un elegante corcel gris igual al anterior pero un poco más oscuro.
Tocoto, tocoto, tocoto, tocoto, tocoto, tocoto, tocoto, tocoto, tocoto, tocoto…. ihihihihi, relinchó el caballo cuando el jinete le clavó las espuelas en sus partes para detenerlo.
El sheriff Vicent bajó de su montura, posó su mano sobre el revolver y se dispuso a entrar en el saloon. Traspasó las pequeñas puertas abatibles tras las que se detuvo para desde allí echar una ojeada al interior.
Del bullicio y la algarabía del saloon se pasó al más inquietante de los silencios. Tanto los clientes que jugaban al poker y las máquinas tragaperras como los que bebían en la barra, se hicieron a un lado dejando un pasillo vacío entre mi tatarabuelo y el forajido.
Sólo Sam “el borrachín” se quedó en su sitio, apoyado en la barra y ajeno a lo que pasaba. Al cabo de unos segundos se volvió estremeciéndose de terror al ver la figura del sheriff apostado en la puerta.
-¡demonios!- masculló –un control de alcoholemia y yo con esta mierda...-
Dio un salto y se escondió tras la barra donde también se ocultaba Joe, al que apodaban “el barman” precisamente por ser el barman del saloon.
Mi tatarabuelo se acercó un poco más hasta “el tuerto”, que seguía inamovible en su sitio y sin haberse dado la vuelta.
Se situó un par de metros a su espalda y transmitió un saludo que más bien pareció una amenaza.
-No has debido cruzar el Missisipi, Jhonny-.
Jhonny se volvió y se encaró a mi tatarabuelo.
-vaya, vaya… a quién tenemos aquí, nada más y nada menos que al sheriff Vicent, jajaja...-
-tengo que arrestarte Jhonny-.

-¿cómo dice sheriff?-, preguntó con arrogancia “el tuerto”.
Mi tatarabuelo dio dos pasos a su izquierda, situándose del mismo lado en el que Jhonny tenía la oreja y le repitió el mensaje.
-lo he escuchado a la primera sheriff… tengo sólo una oreja pero muy buen oído. No le será tan fácil ponerme la soga al cuello, así que tendrá que sacarme de aquí a la fuerza-. Jhonny bajó léntamene su mano hasta ponerla a la altura de su revolver, lista para desenfundar.
-no hagas una tontería Jhonny, y acompañame-.
-¿de verdad piensa que me voy a ir con usted para que me ahorque sheriff?...-
-te aseguro Jhonny que no será así. Te doy mi palabra de sheriff de Kansas de que antes serás sometido a un juicio justo... y después te ahorcaremos-.
El silencio era tan denso que se podía cortar. Pero éste se rompió al irrumpir en el saloon Jonas "el enterrador", al que con cinta métrica en la mano y desde la puerta se le escuchó decir:
–me han dicho que tengo trabajo… glups-, y tragó saliva al comprobar que se había precipitado y que los muertos aún estaban vivos.
El ruido de un vaso al estrellarse contra el suelo llamó la atención de todos. Tanto Jhonny como mi tatarabuelo lanzaron una rápida mirada hacia donde procedía el ruido. “El tuerto” hizo un leve movimiento, mi tatarabuelo desenfundó con una rapidez endiablada y de un certero disparó alcanzaó a Jhonny, que cayó desplomado.
Se acercó hasta él y antes de morir lo escuchó decir con la voz entrecortada:
-¿por qué me… has dispa…rado hi…jo de puta… si sólo iba a… quitar dinero… para… pagar el wisky?… aggg…-.
Y tras decir esto un hilo de sangre brotó de su boca, muriéndose a continuación con ella abierta.


(Ahora ya puedes imaginártelo en color porque volvemos al tiempo actual)
La melodía de los pajaritos de mi teléfono móvil me devolvió a la realidad. Descolgué y el comisario me puso en conocimiento de un nuevo caso.
Para los criminales no hay días festivos, pero para los defensores de la Ley tampoco y allá donde haya que capturar a un delincuente… presto va el Teniente Vicente.
_____

Nota del autor:
Este relato se presenta para la III edición del Concurso Escribe Tu Historia, promovido desde el mosquitero. Por no haber nada escrito que lo prohiba, el relato cuenta con efectos especiales, si algún impedimento hubiese por ello, avisadme que se los quito.

sábado, 20 de septiembre de 2008

El caso del camisoncito transparente

Ummm, que body tan sexy, y con esas medias… y fíjate en aquel camisoncito que cortito y transparente… me pregunto como le quedará a mi mujer… ummm. A ver si desde aquí puedo verles el precio…
Fueron unos segundos en los que mi astuta mente investigadora se distrajo de su tarea, pero pronto la alarma que todo buen policía lleva permanentemente activada en la mente se disparó y tras un profundo suspiro volví a clavar mi vista en la ventana del segundo piso, justo encima del escaparate de la lencería.
Agazapado en el Ford Escort vigilaba desde hacía más de 10 horas el domicilio de un peligroso psicópata. 10 horas al acecho como un perro de presa, ajeno a todo lo que ocurría a mi alrededor, con la mirada clavada en la ventana a la espera de que la luz se encendiese en ella, señal de que había llegado y así poder echarle el guante.
De cuando en cuando bajaba la vista hasta el escaparate para que no se me agarrotasen los músculos del cuello, y cada vez que ésta se fijaba en el camisoncito, mi pensamiento se iba para otra cosa dejando de lado el caso.
Vigilar a un peligroso delincuente como yo lo estaba haciendo no es tarea fácil. Bajo ningún pretexto puedes abandonar el puesto de observación o bajar la guardia. Para hacerlo se requiere mucha paciencia y sobre todo habilidad y templanza.
De no ser por estas dos últimas virtudes hubiese meado fuera de la lata de cerveza que tras beber me había reservado para una emergencia como esa. Soy perro viejo y como me dicen en la brigada, “el McGiver del cuerpo”.
Tanto tiempo sin moverme del sitio era el motivo de que no hubiese probado alimento por lo cual y ante la situación de aparente calma hice algo que hasta la fecha jamás había hecho: llamar a casa para que me acercasen un bocadillo.
30 minutos después de la llamada, dobló la esquina una figura de la que su andar tambaleante me resultó conocido. Vestida con una gabardina y gafas de sol, hubiese pasado desapercibida de no ser que aquella era una calurosa noche de verano y también por las zapatillas.
-¿pero usted de qué va doña Engracia?-.
-de incógnito, yerno- me respondió por lo bajo mirando disimuladamente hacia otro lado .-¡la madre que la parió!-...
Ser policía y tener una suegra aficionada a las novelas detectivescas y policíacas y enganchada a “Los hombres de Paco”, tiene aparte de estos inconvenientes alguno peor.
-¿qué me trae de cena?-.
-un poco de guiso que sobró del mediodía-.
-pues traiga p’aca que me muero de hambre-.
-cómo que traiga p’aca… la contraseña…-.
Yo estaba demasiado hambriento como para ponerme con jueguecitos con ella, así que en un tono subido pero en bajo le exigí que me diese la tartera.
-no me toque los cojones doña Engracia, y traiga p’aca la tartera o usted y yo la vamos a tener-.
-si no me dices la contraseña, no hay cena-.
Quise arrebatarle la tartera de la mano, lo que ella trató de evitar separándola de mi con un movimiento brusco, dándole en la cara a la única persona que en esos momentos caminaba por la calle. Mala suerte.
El impacto fue tan brutal que el hombre cayó desplomado.
Me acerqué para socorrerlo y… rápidamente busqué mi cartera en el bolsillo de la americana, la abrí y de un compartimento saqué las fotos de mi esposa, la foto de cada uno de mis cinco hijos y… la de ese hombre. Buena suerte.
Sin perder ni un instante le puse las esposas, luego paré un taxi en el que envié a mi suegra para casa y a continuación llamé al comisario para comunicarle que había detenido y reducido al psicópata que vigilaba.
A los pocos minutos el sonido de las sirenas de dos coches patrulla rompió el silencio de la noche.
De uno de ellos bajó el Comisario, se acercó hasta el hombre que yo había detenido y tras observarlo se dirigió a mi –es él, no hay duda. Buen trabajo Vicente-.
–A sus órdenes comisario-.
En un abrir y cerrar de ojos los agentes metieron al delincuente en el coche y se fueron todos por donde habían venido dejándome a mi sólo en la calle.
Eché un vistazo al guiso esparcido por el suelo –ummm… que buena pinta tenía-. Encendí un Ducados y antes de ir hacia el coche me acerqué hasta el escaparate de la lencería.
Lo observé durante un rato tras el que saqué mi agenda del bolsillo e hice una anotación para el día siguiente: “comprar camisoncito transparente, 72 euros”.

domingo, 31 de agosto de 2008

El caso del checheno de Chechenia

No habían transcurrido ni dos minutos desde que me había sentado en el inodoro, cuando la melodía de Los Pajaritos en mi móvil me advirtió de que tenía una llamada.
Sin reponerme todavía de lo mal que me había sentado el queso del caso anterior, el comisario me requería para investigar un nuevo crimen.
Me informó de que un hombre había sido hallado muerto en su casa por los demás miembros de la familia. Me dio la dirección del lugar y otros datos, los cuales tuve que anotar en el primer papel que encontré a mano, siendo éste un trozo de papel higiénico.
Salí de allí a la carrera, coloqué la sirena en el techo del Ford Escort y me dirigí a toda velocidad hacia la dirección indicada.
La sirena me abría el paso entre la densa circulación que soportaba la avenida a esa hora y antes de llegar a la rotonda que hay al final de la misma, un recuerdo me vino a la mente y provocó que mi cuerpo se estremeciese aterrorizado.
Pisé el freno a fondo y detuve el coche en medio de la calzada, registré mis bolsillos y no me tranquilicé hasta que comprobé que no había utilizado el trozo de papel higiénico en el que había tomado las notas, tras lo cual proseguí mi camino.
Nada más llegar a la casa en la que se había cometido el crimen algo llamó poderosamente mi atención, y fue el ver que mi ayudante había llegado antes que yo.
Por este dato y calculando la distancia que había recorrido, la velocidad a la que había circulado y el tiempo empleado, deduje que había estado más de diez minutos sentado en el retrete.
Me dirigí directamente hacia la cocina, que era donde se encontraba el cuerpo de la víctima, pero por no conocer la casa acabé en el cuarto de baño hasta que la empleada de hogar me acompañó… hasta donde estaba el muerto porque al baño fui yo sólo.
Un hombre de unos 60 años yacía en el suelo con un cuchillo clavado en el corazón. También se encontraba el resto de los habitantes de la casa, su recién enviudada esposa, cuatro hijos del matrimonio, la empleada de hogar y un jóven y fornido jardinero, un checheno de Chechenia.
Antes de interrogar a nadie hice una primera inspección ocular del escenario del crimen sin perder el más mínimo detalle de nada. Todo es importante para una investigación, un simple pelo puede ser relevante para el esclarecimiento de un caso y yo tuve la suerte de encontrar un mechón de pelo rubio en la boca de la víctima… y que casualidad… rubio como el checheno… el único rubio de los allí presentes.
Extraje los pelos e improvisé un envoltorio con el trozo de papel higiénico. Saqué mi teléfono e hice una llamada.
-¿CSI Las Vegas?, aquí el Teniente Vicente de homicidios, que se ponga Grissom…-
-“no se encuentra en estos momentos”- me respondió una voz.
-Pues que se ponga Horacio, de CSI Miami- insistí, pero la voz me respondió que estaba de vacaciones.
Tendré que posponer el análisis del cabello pensé, así que me olvidé de ellos y procedí a interrogar a los presentes, comenzando por quien desde mi primera impresión se había convertido en el principal sospechoso, su viuda.
Del interrogatorio saqué la siguiente información: llevaban 40 años casados, pertenecían a la clase alta y la única pena que sentía era que su esposo hubiese muerto llevándose con él la combinación de la caja fuerte.
Interrogué a los demás sin obtener ninguna pista de la que tirar. Pero un buen policía siempre encuentra un detalle por el que comenzar a investigar, y a falta de laboratorio para analizar el pelo, que la casa no tuviese jardín y que los geranios estuvieran secos me hicieron sospechar del jardinero. Y le tendí una trampa…
Desenvolví el mechón de cabello y disimuladamente dejé que el trozo de papel higiénico se me escurriese entre los dedos, sé que los chechenos son muy educados y eso me llevó a pensar que éste era de los que se bajaría a recogerlo.
Y efectivamente así fue.
Aprovechándome de su inclinación y con mi agilidad felina, coloqué el mechón de pelo en la calva que se advertía en su cabeza… y encajaba perfectamente.
Cuando se incorporó le puse las esposas y le leí sus derechos, tras lo cual lo le dije a mi ayudante que se lo llevase a comisaría.
Antes de arrancar eché un vistazo atrás y sentí lástima de la viuda que ahora sí lloraba desconsoladamente. Pobre mujer, en el mismo día había perdido al jardinero y al marido.
Pero los policías no podemos mostrar sensibilidad ante estos casos, así que encendí un ducados y salí de allí hacia la farmacia de guardia.
El queso seguía dándome la lata.

jueves, 28 de agosto de 2008

El caso del queso chungo

Resuelto mi anterior caso y tras abandonar el lugar del crimen, me dirigí rápidamente a la dirección en la que un nuevo caso me había sido asignado. El comisario me había puesto al corriente por teléfono, al parecer un hombre se había quitado la vida de 17 puñaladas.
Me planté frente a la casa a media tarde, no podría decir que hora era exactamente ya que el reloj que llevaba en la muñeca marcaba las 8:12 de la mañana. Antes de entrar en ella me juré buscar al moro que me lo había vendido y meterlo una temporada en la trena.
Uno de mis ayudantes que ya se encontraba en el lugar me salió al paso y a petición mía me llevó hasta dónde se hallaba el fiambre. Nada más verlo deduje por mi olfato de sabueso que el chorizo estaba malo pero el queso tenía muy buena pinta y yo mucha hambre.
Cuando acabé con el queso le dije a mi ayudante que llevase donde estaba el muerto y tras una primera y rápida observación al mismo algo llamó mi atención: las puñaladas las tenía en la espalda… empezaba a olerme raro… seguía con el olor del queso en la nariz.
Por mis años de experiencia en la brigada de homicidios sé que nadie que se quita la vida se toma la molestia de apuñalarse por la espalda, salvo que sea una persona que se desmaya al ver sangre.
Lo primero que hice fue llamar al comisario e informarle de la conclusión a la que había llegado, evidentemente no estaba ante un 656 (suicidio), probablemente estaba ante un 764 (asesinato con arma blanca), o un 558 (asesinato con arma blanca y ensañamiento) o incluso un 345 (asesinato con arma blanca con ensañamiento y premeditación), fuese el que fuese la investigación tomaba un nuevo rumbo.
De un bolsillo de mi gabardina saqué un papel en blanco en el que anoté hasta el más mínimo detalle de lo que iba viendo y de las primeras conclusiones que al mismo tiempo iba sacando.
La primera de ellas fue que la víctima había recibido las 17 puñaladas con la misma arma, un cuchillo jamonero marca Made in Albacete.
La segunda, que el cuerpo del difunto estaba sentado en una silla de despacho con el tronco caído sobre la mesa y en la que había un ordenador encendido. Por la posición del cadáver supuse que probablemente la víctima estuviese distraída cuando recibió la primera puñalada, del mismo modo que deduje que al recibir ésta las 16 restantes ya no lo pillaron distraído, salvo que fuese un idiota.
Y la tercera, que el queso me había sentado mal en el estómago.
Eché un vistazo a la pantalla del ordenador y leí en el blog que estaba cargado algo referente al robo cometido semanas atrás en un banco por dos individuos que tras derribar la fachada empotrando un camión contra ella, se apoderaron de cuatro millones de euros y se dieron a la fuga.
Aunque no llevaba ese caso disponía de alguna información que había recibido a través del programa de televisión “La Noria”. Un golpe perfecto y del que no se tenía ninguna pista… hasta que yo entré en escena...
No tuve más que leer varios post para averiguar que un tal Diario y el muerto, que se llamaba Secundino, habían sido los autores del robo y que el muerto quiso quedarse con todo.
Lo último que había escrito en el blog estaba firmado por el tal Diario y lo que decía no dejaba lugar a dudas: “Secundino me cago en tus muertos, o me das mi parte del dinero o te atravieso con el cuchillo jamonero”…. Un hombre de palabra, sí señor.
Informé de todo al Comisario, quien automáticamente decretó la orden de busca y captura para el tal Diario.
Luego me fui corriendo al wc, el queso me había sentado fatal.

viernes, 29 de febrero de 2008

El caso de la rubia de las bragas negras

A las 12,30 de la mañana me presenté en el lugar del crimen. El cuerpo de un hombre yacía aparentemente muerto en medio de un gran charco de sangre. Le tomé el pulso y mis sospechas se confirmaron: estaba muerto.
Seguía teniendo el tacto como en mis mejores tiempos.
Al lado del cuerpo una maceta de geranios hecha añicos, los miré, volví a mirar el cuerpo al que ahora le advertí una enorme brecha en la cabeza… y volví a mirar la maceta de geranios.
Una simple mirada ya me fue suficiente para extraer mi primera conclusión… los geranios llevaban mucho tiempo sin ser regados.
Seguía siendo tan sagaz como en mis mejores tiempos.
Una impresionante rubia se personó en el lugar del crimen. Vestía un albornoz blanco que llevaba atado por la cintura, abriéndosele por arriba y por abajo mostrando buena parte de sus muslos y dos buenas partes de sus pechos (una buena parte de cada uno).
Advertí que no llevaba puesto nada por debajo y que estaba muy buena.
Seguía teniendo la vista como en mis mejores tiempos.
Tras mostrarle la placa de policía y presentarme, me dispuse a interrogarla.
-¿Conocía a este hombre?-.
-Ega mi magido-
Me pareció que hablaba raro así que le pregunté si le pasaba algo en la boca
-es que soy fgansesa- respondió.
-¡francesa!... ummmm-
-güi, de Pagis-
-aahhh-
Comencé a acosarla con mis preguntas, alguna de ellas muy comprometida, pero la rubia se mostraba fría y no caía en ninguna de las trampas que le iba tendiendo a lo largo del interrogatorio.
De sus respuestas saqué las siguientes conclusiones: lo había encontrado muerto al salir de la ducha. Mientras se duchaba no escuchó ningún ruido ni vio nada sospechoso. Tenía 42 años, era multiorgásmica y se había convertido en la única heredera de una inmensa fortuna.
Le pregunté si alguien podía corroborar lo que decía respondiéndome que se había duchado sola, lo que a mi me pareció una lástima.
Quise echar un vistazo al cuarto de baño con el fin de averiguar si efectivamente decía la verdad, no se negó y me acompañó hasta allí.
Comprobé que en la bañera estaba húmeda y que había pelos en ella, la rubia no mentía. En el suelo y al lado de la bañera había tiradas unas braguitas negras, le pregunté si eran suyas y cuando me dijo que sí, las recogí para llevar a laboratorio.
Volvimos al escenario del crimen… el cadáver no se había movido y seguía tal y como lo habíamos dejado.
En ese momento se personó una persona en el lugar. Era una mujer de piel morena, muy morena… era una mujer de color... de color negro.
Cumpliendo con mi deber pregunté a la rubia quien era la morena, respondiéndome que era la empleada de servicio, una inmigrante a la que había contratado por compasión al advertir el negro porvenir que le esperaba.
La miré de arriba abajo (a la negra) y al detener mi vista sobre su redonda panza advertí enseguida ese negro porvenir, calculé que debería estar a punto de salir de cuentas… muy a punto… tanto que la mandé tomar asiento por si al negro le daba por venir en ese momento.
Mi intuición seguía funcionando como en mis mejores tiempos.
Volví a mirar otra vez a la rubia y esta vez me deslumbró, no sé si esto fue debido a que llevaba un buen rato mirando a la morena o por lo hermosa que era.
Pensé en el marido que convalecía muerto a nuestro lado y en que yo en su lugar y teniendo una mujer como la suya no hubiese dejado que me matasen.
Sentí un poco de lástima por ella, una viuda tan joven, tan rica, tan bella…
-He aquí un buen partido- pensé.
Mi olfato seguía funcionando como en sus mejores tiempos.
Llegué a este punto de la investigación y todavía no había hallado el móvil del crimen. Tras una segunda inspección ocular lo hallé sobre una mesilla recargando la batería.
Con todos los ingredientes necesarios para su resolución, no tenía más que tirar del hilo, cosa que hice hasta que se me descosió un botón de la gabardina, por lo que decidí cambiar de plan y atar cabos.
Ante la rubia y la morena y fui exponiendo uno por uno los puntos concluyentes de la investigación que estaba realizando,
-Puedo asegurarles señorita y señora… quise decir señora viuda… que este es uno de los casos más fáciles que he encontrado a lo largo y ancho de mi carrera policial… Sé quien ha matado a este hombre-.
La rubia se sobresaltó… supongo que emocionada pues no habían pasado 2 horas desde que habían asesinado a su marido y yo ya tenía resuelto el caso.
-¡DEMETRIOOOO!- llamé al agente que aguardaba fuera de la estancia.
-Arreste al geranio-.
La desconsolada viuda cayó rendida ante mi inteligencia e intentó seducirme.
-Lo siento muñeca… no follo estando de servicio-.
Di el caso por cerrado justo en el momento en que mi teléfono sonaba. Era el comisario, que estaba por tocarme los cojones… como en mis mejores tiempos.
-Hemos hallado el cuerpo de un hombre que se ha suicidado de 17 puñaladas-. Tenía un nuevo caso que resolver.
-Voy p’alla, corto y cierro-.
Me despedí de ambas mujeres y me dirigí hacia el coche.
Coloqué la sirena sobre el techo del Ford Escort, colgué las bragas de la rubia en el retrovisor interior y me dirigí a toda velocidad por la avenida arriba hacia la calle de abajo, el escenario de mi nuevo caso.




THE END

REPARTO POR ORDEN INTERVENCION
Inspector……………………….. yo
La Rubia……………………….. yo
La Morena……………………... yo
Demetrio……………………….. yo

Director by
Yo

Producida por
m@nologos punto y coma